La infanticida, Caterina Albert o cómo llorar a moco tendido
Hay cosas que me hacen sentir muy bien: tomar un vino con amigas, remolonear en la cama un domingo por la mañana, comer un arroz junto al Mediterráneo...
Pero hay una cosa que hago a veces, con cierta asiduidad y es LLORAR. Llorar a moco tendido, con hipos y todo, con un sube y baja de pecho, con verdadera congoja. Eso me libera, me limpia el alma como un buen chaparrón de verano limpia el polvo de las calles. Y me quedo tan a gusto, amigas.
Y no es que lo busque a propósito pero cuando cae en mis manos un buen material que sé que me va a emocionar hasta las lágrimas, entonces me preparo y...
Anoche me pegué una de esas sesiones catárticas y la ocasión me la brindó una escritora, que se escondió bajo un pseudónimo masculino.
Caterina Albert ganó els Jocs Florals de 1898 con un texto teatral llamado La infanticida. Y con ella llegó el escándalo. Porque La infanticida es el monólogo interior de Nela, una mujer que vive con su padre y su hermano en un molino, en el campo. Nela se enamora profundamente de un hombre con el que se ve a escondidas todas las noches hasta que un día se queda embarazada. Nela esconde su embarazo de todos: de su padre, de su hermano, de la gente del pueblo por temor a sus reacciones.Y cuando nace su bebé, desesperada porque no puede contener el llanto de la criatura, y para que su padre no la descubra, decide tirarla a la muela del molino.
¿Os podéis imaginar lo que pude llorar yo anoche? Las lágrimas me rodaban por las mejillas como si alguien hubiera abierto unas compuertas y fuera imposible cerrarlas. Iba leyendo las palabras de Nela en voz alta, y entonces las lágrimas se me colaban en la boca, saladas, que es cuando se llora de verdad. Nela me llevó al siglo XIX, me llevó al molino, donde su padre blandía una hoz y bajo su amenaza vivía Nela, aterrorizada, pero dulce, dulcísima explicando sus encuentros con su amante.
¿Y os podéis imaginar lo que supuso para la sociedad de 1898 que una mujer escribiera un texto tan duro y violento? Caterina ganó el concurso, pero los jueces quisieron retocar el texto para que no desafiara tanto a la moral de la época. Pero cuando se supo que la autora era una mujer... entonces el escándalo fue tan grande que Caterina Albert decidió que nunca más escribiría con su propio nombre.
Así nació Víctor Català quien nos dejó obras maravillosas como Solitud. O esta dramática, tremenda, emotiva Infanticida con la que anoche lloré de lo lindo desde la comodidad de mi cama, con mis hijos sanos bajo un techo seguro, sabiendo que aunque aún queda mucho por hacer, la hoz patriarcado no nos oprime ni amenaza como a Nela.
Y tanto tanto me ha llegado al alma este texto que lo he elegido para presentarme al programa-concurso La Puntual de TV3, que empieza a emitirse el próximo 6 de septiembre. Pero ese es otro tema.

Comentarios
Publicar un comentario